¿Los perros se reconcilian?

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Los conflictos son algo inevitable cuando se vive junto a otros. Esto pasa no sólo entre las personas, sino también, por supuesto, entre los animales. Así, el estudio de los conflictos y las estrategias de evitación, manejo y resolución de los mismos, ha merecido la atención de los etólogos desde hace tiempo.

Las confrontaciones nunca resultan fáciles para ninguno de los implicados y se sabe que, después de un conflicto, tanto el vencedor como el vencido muestran señales de estrés. En diversas especies se ha observado que, poco después de una disputa, los implicados vuelven a interaccionar de una forma “más pacífica”, pese a que lo normal sería que los contendientes permanecieran alejados uno de otro durante un tiempo, para evitar que se reanuden las hostilidades.

A estas reuniones afiliativas entre los contendientes se les denomina conductas de reconciliación postconflicto. Cuando aparecen, el estrés observado en los oponentes se reduce más rápido (por ejemplo, la tasa cardiaca se normaliza antes).

Según un modelo explicativo de dichas conductas de reconciliación, se piensa que estas podrían aparecer en todos los animales sociales que viven en grupos cooperativos, para los cuales un conflicto mal resuelto puede suponer una disminución en la supervivencia del grupo, ya que puede malograr la cooperación entre los miembros o incluso significar la marcha de uno de ellos del grupo.

Así, las conductas de reconciliación tendrían como función evolutiva restablecer la relación entre los oponentes a los parámetros de antes del conflicto. Este modelo predice que las conductas de reconciliación serán más probables si la relación entre los contendientes es altamente valiosa para cada uno de ellos y menos probables si esta relación no es valorada.

La investigación en primates ha mostrado de forma consistente que, no obstante, los conflictos relacionados con la comida raramente son seguidos de reconciliaciones. Una posible explicación es que las consecuencias de la agresión relacionada con la comida normalmente se limitan a desplazar de la fuente de alimento a uno de los oponentes, sin que haya un daño verdadero en la relación social entre ellos. Traducido a términos humanos, para entendernos, los conflictos relacionados con la comida no serían tomados como “algo personal”.

Las conductas de reconciliación han sido ampliamente estudiadas en los primates en las últimas dos décadas. Estas conductas están presentes en muchas y muy variadas especies de primates y se han estudiado también en algunas otras especies animales, aunque, comparativamente, en muy pocas.

Pese a que a menudo son especies con una compleja conducta social, existen pocos de estos estudios que se hayan hecho sobre carnívoros. Sin embargo, algunos de estos estudios han confirmado que entre los lobos, los perros o las hienas, existen conductas de reconciliación, apareciendo interacciones amistosas entre los contendientes poco tiempo después de un conflicto con despliegue agresivo.

En los lobos, se observó que estas conductas podían ser indistintamente iniciadas por el vencedor o el vencido en la contienda, no dependían del rango jerárquico y sucedían en similares porcentajes, tanto si el conflicto había sido importante, como si había sido leve.

En cuanto a los perros, en un estudio del año 2008, que analizó la interacción ocurrida en tres grupos diferentes de perros en los que había individuos más familiares entre sí, mezclados con individuos poco familiarizados con los demás, se observó que las conductas de reconciliación aparecían aproximadamente en un tercio de los conflictos agresivos y que estos conflictos eran mayormente aquellos que habían sucedido entre individuos conocidos entre sí, es decir, con una relación previa que podía ser valiosa para ambos. Así, en los perros se cumpliría el modelo teórico explicativo antes mencionado.

Esto abre una interesante reflexión sobre el papel que las conductas de reconciliación podrían tener en la relación entre perros y personas. Si entre los perros el conflicto agresivo puede producir una alteración en la relación entre dos animales, que es causa de estrés y que desencadena en ambos oponentes (sin distinción entre vencedores y vencidos) unos mecanismos de reparación, ¿No debería suceder algo similar en la relación de los perros con sus propietarios, con quienes establecen relaciones de alto valor?

Así, la confrontación con el propietario podría suponer para el perro un importante estrés y generarle incertidumbre respecto al estado de la relación tras el conflicto. Tanto el estrés como la incertidumbre (que a su vez tienen diversos efectos negativos) se reducirían si se produce una reconciliación.

Sin embargo, muchos propietarios tienden a mostrar una conducta opuesta. Con frecuencia describen que, cuando “se enfadan” con sus perros, procuran comportarse de una manera fría, cuando no abiertamente hostil, durante un tiempo prolongado (normalmente durante minutos o horas, algunos durante días) tras el conflicto, con la intención de que al perro le quede claro que su propietario está muy enfadado por aquello que ha hecho, de manera que no lo vuelva a repetir.

Con lo que sabemos hoy en día, es probable que esta actitud, lejos de generar ese pretendido aprendizaje, no haga otra cosa que aumentar la confusión en el perro, la incertidumbre y la ansiedad.

Por eso, que, tras el conflicto, el propietario permita, o mejor, inicie interacciones positivas con su perro (como pedirle órdenes y felicitarle por cumplirlas), resulta algo mucho más adecuado, desde un punto de vista canino, pero también humano. Al fin y al cabo, los humanos también necesitamos reconciliarnos.